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23 de marzo de 2014

Maestro Eckhart, El Desvincularse Supremo, sermón completo (el desasimiento). Espejos de la Religiosidad 1


 Meister Johann Eckhart (1260-1327)
(Tradición argumentativa del Logos)



3 - El Desvincularse Supremo
(Sermón completo)

     Es preciso que aprendamos a no buscar para nada nuestro propio interés: lo único que debe preocuparnos es el interés de Dios. Dios no nos brinda los dones para que nos apeguemos a ellos y obtengamos así nuestra satisfacción. Dios concede todos los bienes -celestiales y terrenales- con el propósito de que se reciba mejor el don supremo. ¿Cuál es este don? Es Dios mismo. Con los dones que nos brinda, Dios solamente intenta prepararnos para dicho don: Dios mismo. Todo lo que Dios realizó en el Cielo y en la Tierra fue consumado en pos de este único don: la plenitud de nuestra felicidad. Tienes que aprender a discernir a Dios detrás de cada favor y de cada acontecimiento: nunca debes buscar su satisfacción en las propias cosas. En este mundo no existe lugar de reposo para nadie, ni siquiera para los más santos. Debes estar siempre preparado para recibir los dones de Dios que se renuevan incesantemente. Tus dones tienen que despojarte del egoísmo y ayudarte a despreocuparte de lo que te pertenece. No desees nada para ti, nada: ni placeres, ni espiritualidad, ni el Reino de Dios.... nada que apunte a satisfacer tu voluntad. Dios jamás se brinda a quien cuya voluntad está en desacuerdo con la suya. Cuanto más te distancies de tu voluntad, más penetrará Dios en ti. No es suficiente entregarse una vez, debes hacerlo siempre. Solo así alcanzarás la libertad.

     Nuestros maestros celebran superlativamente el amor. Lo indica San Pablo al decir: "Aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si me faltara el amor sería como bronce que resuena o campana que retiñe". En lo que me concierne, celebro el desvincularse más que todo amor. En principio por este motivo: lo que el amor tiene de mejor es que me impulsa a amar a Dios, mientras el desvincularse hace que Dios me ame. Entonces, resulta mucho más digno forzar a Dios a que venga hacia mí, que forzarme a ir hacia Dios. Pues Dios puede introducirse en mí con mayor intimidad y unirse mejor conmigo que cuanto yo pueda unirme con Dios. Y que el desvincularse impulsa a Dios a venir hacia mí, lo pruebo de la siguiente manera: todas las cosas quieren estar en el lugar que les resulta natural y propio.  Y como el lugar natural de Dios es la unidad y la pureza, ello lo induce el desvincularse. En primer lugar, irrevocablemente, es preciso que Dios se brinde a un corazón desprendido. En segundo término, celebro más el desvincularse que el amor, porque el amor me impone sufrir todas las cosas por Dios, en tanto el desvincularse me conduce a ser accesible únicamente a Dios. Hay mayor nobleza en el ser tan solo accesible a Dios que padecer todas las cosas por Dios, porque en el sufrimiento el hombre enfrenta -aunque sea escasamente- a la criatura, que es en él la causa del sufrimiento, en tanto que en el desvincularse queda completamente libre de toda criatura. Y que el desvincularse sólo es accesible a Dios se prueba de este modo: lo que debe recibirse tiene que ocurrir en alguna cosa.  Y bien: el desvincularse está tan cercano a la nada que no hay nada que sea suficientemente sutil como para encontrar ubicación en el desvincularse, excepto únicamente Dios. Solamente Él es tan simple y tan sutil como para encontrar un lugar en el corazón despojado. Por este motivo, el desvincularse solo es accesible a Dios.

     Leí muchos escritos, tanto de maestros paganos como de profetas del Antiguo y del Nuevo Testamento, y busqué seriamente y con inmenso celo cuál es la mejor y la más elevada de las virtudes para que el hombre pueda unirse del mejor modo a Dios, y con máxima proximidad, para llegar a ser por obra de la gracia lo que Dios es por naturaleza. Para que el hombre sea lo más semejante a su imagen cuando estaba en Dios, cuando no había diferencia entre él y Dios, antes de que Dios diese forma a las criaturas. Y cuando me introduzco en todos esos  escritos, con todo lo que puede mi razón y todo lo que ella es capaz de reconocer, solo encuentro un asunto: que el desvincularse puro está por encima de todas las cosas, porque todas las virtudes toman en cuenta -aunque no mucho- a la criatura, en tanto el desvincularse está libre de todas las criaturas.

     Los maestros `ponderan la humildad mucho más que a las demás virtudes. Pero yo alabo el desvincularse más que a toda humildad, y así lo hago porque la humildad puede existir sin el desvincularse, mientras que el desvincularse perfecto no pude existir sin la humildad perfecta, porque la humildad perfecta propende a aniquilarse a sí misma. Reitero: el desvincularse está tan cercano a la nada que no puede haber cosa alguna entre el desvincularse y la nada. Por ello no puede haber un desvincularse sin una perfecta humildad.

     Pues bien: siempre dos virtudes han valido más que una sola. Y el segundo motivo por lo cual pondero el desvincularse más que la humildad, es que la humildad perfecta se sitúa por debajo de todas las criaturas y, al reducirse así el hombre sale de sí mismo para ir hacia las criaturas, mientras que el desvincularse lo mantiene en sí mismo. Jamás salir de uno mismo puede ser tan digno como permanecer en uno mismo, que lo es mucho más. de ahí que el profeta David dijera:  "la hija del rey, con oro engalanada, es introducida al interior". O sea, todo el honor de la hija del rey proviene del interior. De ninguna manera el desvincularse perfecto considera que haya que inclinarse por debajo ni por encima de alguna criatura, quiere estar allí donde se encuentra , sin tomar en cuenta el amor ni el padecimiento de quienquiera que sea. No aspira a la igualdad ni a la desigualdad con criatura alguna. No quiere esto ni aquello:  quiere ser, nada más. No quiere ser esto o aquello, porque quien quiere ser esto o aquello quiere ser alguna cosa, en tanto el desvincularse no quiere ser nada. Por este motivo todas las cosas aparecen ante él sin ser importunadas.

     Alguien puede responderme que todas las virtudes eran perfectas en Nuestra Señora y, en consecuencia, en ella debía existir un desvincularse perfecto. Entonces, si el desvincularse es más perfecto que la humildad, ¿porqué Nuestra Señora ponderó su humildad, y no su desvincularse, cuando dijo: "Mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava..." (o sea, tomó en cuenta la humildad de su sierva)? ¿Porqué no dijo: se fijó en el desvincularse de su esclava? Respondo y digo que en Dios se encuentran el desprendimiento y la humildad, en la manera en que podemos referirnos a las virtudes de Dios. Pero debes saber que la amantísima humildad hizo que Dios se inclinara hacia la naturaleza humana, mientras que el desvincularse permaneció impávido en sí mismo cuando Dios se hizo hombre, tal como sucedió cuando Dios creó el Cielo y la Tierra. Dado que Nuestro Señor, cuando quiso volverse hombre, permaneció inmóvil en su desvincularse, Nuestra Señora bien sabía que Él requería lo mismo de ella y que, en tales circunstancias, Él anteponía su humildad a su desvincularse. Por eso ella celebró su humildad y no su desvincularse. Si ella hubiera pronunciado una sola palabra sobre su desvincularse, si hubiera dicho:  "se fijó en mi desvincularse", el desvincularse se hubiese visto perturbado Y no habría sido tan absoluto ni tan perfecto, porque por tal acto habría salido de sí mismo. Y ninguna salida, por más pequeña que sea, puede producirse sin deformar el desvincularse. De ahí que el profeta dijera: "Quiero escuchar lo que dice el Señor", o sea, permaneceré en silencio y escucharé lo que mi Señor y mi Dios me dirá. Es como si dijese: si Dios quiere hablarme, que acuda hacia mí, pues yo no quiero salir.

     Debes saber que, desde toda la eternidad, Dios ha permanecido y permanece todavía en este inmutable estado de desprendimiento. Observa que cuando Dios creo el Cielo, la Tierra y todas las criaturas, ello no incidió en su inmutable desprendimiento, y lo mismo habría sucedido si no hubiese creado criatura alguna. Todas las plegarias y las buenas obras que un hombre logre concretar en el tiempo, perturban tan poco el desprendimiento de Dios, como si nunca se hubieran efectuado en el tiempo plegarias y buenas obras. Dios no es por eso menos generoso ni está menos bien dispuesto en relación al hombre, aunque éste jamás hubiera orado ni realizado buenas obras.

     Concéntrate en esto, que es fundamental: cuando el Hijo de la Divinidad quiso convertirse en hombre, y así lo hizo y padeció el martirio, el desprendimiento inmutable de Dios no fue más perturbado que si no se hubiese hecho hombre nunca. Entonces, podrías pensar que todas las plegarias y todas las buenas obras son inútiles, ya que Dios no las considera para no ser perturbado, a pesar de que se dice que Dios quiere que le roguemos en referencia a todo. Si puedes, escúchame con atención: en su primera mirada desde la eternidad - si podemos admitir que hubo una primera mirada- vio todas las cosas así como debían producirse, y con la misma mirada vio cuándo y cómo quería dar forma a las criaturas, cuándo el Hijo querría hacerse hombre y padecer.  También vio la menor de las plegarias y la menor de las buenas obras que el hombre debía realizar. vio qué plegaria y qué piedad quería o debía conceder, vio qué piensas invocarlo y rogarle seriamente mañana y Dios no quiere prestar atención mañana a tu invocación o atu plegaria, porque las ha atendido en su eternidad, antes de que te convirtieras en un ser humano. Dios no se niega a atenderte ahora porque tu plegaria no sea apremiante o seria: ya se ha negado en su eternidad. ASí es que Dios vio todas las cosas en su mirada eterna, y Dios no vuelve a crear nada, porque todas las cosas están realizadas por Él de antemano. De esta manera, Dios permanece constantemente en su inmutable desprendimiento. Sin embargo, y esto es crucial, las plegarias y las buenas obras de los hombres no están perdidas por eso, porque quien hace el bien es recompensado y quien hace el mal es retribuido en igual escala.

     Alguien podría preguntar: ¿Cristo estaba también en estado de desprendimiento inmutable cuando dijo "Siento en mi alma una tristeza de muerte"? ¿Lo estaba María cuando se encontraba al pie de la cruz (y muchísimo se han mencionado sus lamentos)? ¿Cómo se puede conciliar todo esto con el desprendimiento inmutable? Te comento lo que dicen los maestros: En todo ser humano hay dos hombres diferentes, uno se conoce como el hombre externo y es el ser sensible (los cinco sentidos están a su servicio), aunque el hombre externo actúa por la potencia del alma. El otro hombre se denomina interno, y lo constituye la interioridad del hombre. Debes saber que el hombre espiritual que ama a Dios no recurre a las potencialidades del alma -intelecto, deliberación y memoria-, salvo cuando los cinco sentidos tienen absoluta necesidad de ello. A su vez, la interioridad no recurre a los cinco sentidos salvo en la medida en que ella es quien gobierna y guía a los cinco sentidos y cuida que ellos no se desplieguen según la animalidad, así como lo hacen las personas que actúan en base a su voluptuosidad carnal tal como si fueran animales carentes de razón, personas más merecedoras de ser llamadas animales que hombres.

     Todas las potencialidades que posee el alma (más allá de lo que les concede a los cinco sentidos), ella las brinda por completo al hombre interno, y cuando este hombre se inclina hacia algo elevado y noble, el alma retiene todas las potencialidades que les ha concedido a los cinco sentidos, y sin ellos el hombre es transportado hacia algo carente de imagen. Dios espera que todo hombre espiritual lo ame con todas las potencialidades del alma y ha dicho "Ama a tu Dios con todo tu corazón". Pero algunas personas consumen completamente todas las potencialidades del alma en el hombre externo. Son quienes centran todos sus sentidos y su raciocinio en el hombre externo. Son quienes centran todos sus sentidos y su raciocinio en los bienes transitorios y nada saben del hombre interno. Deberías saber que el hombre externo puede tener actividades determinadas, en tanto el hombre interno permanece libre y despojado.

     En Cristo también había un hombre externo y un hombre interno, y lo mismo ocurría en Nuestra Señora. Y cuando Cristo y Nuestra Señora se referían a cosas externas, lo hacían desde el hombre externo, mientras el hombre interno permanecía en un estado de desprendimiento inmutable. De esta manera, cuando Cristo expresaba: "Siento en mi alma una tristeza de muerte", y cuando Nuestra Señora se lamentaba, su interioridad permanecía en un desprendimiento inmutable. Te realizo esta comparación: una puerta se abre y se cierra girando sobre sus bisagras. Pues bien, comparo la placa de la puerta con el hombre externo, y comparo sus bisagras con el hombre interno. Según se abra o se cierre la puerta, la placa gira hacia aquí o hacia allá, pero las bisagras permanecen en su sitio, no se mueven nunca. Si lo entiendes bien, el caso que tratamos es igual.

     Entonces te pregunto, ¿cuál es el objeto del puro desvincularse? Y respondo: ni esto ni aquello es el . objeto del puro desvincularse. Reposa sobre la nada absoluta, y es así porque el puro desvincularse se sitúa en la cúspide. Y se encuentra en la cúspide aquel en quien Dios puede obrar según su absoluta voluntad. Pero Dios no puede obrar en todos los corazones según su absoluta voluntad, porque a pesar de ser todopoderoso, sin embargo no puede obrar, salvo que encuentre o le agrade  la  disponibilidad necesaria para ello. Y digo "le agrade" a causa de San Pablo, porque Dios no encontró disponibilidad en él, pero la preparó infundiéndole su gracia: "Pero un día, a Aquel que me había escogido desde el seno de mi madre, por pura bondad le agradó llamarme y revelar en mí a su Hijo". Por eso digo que Dios obra según la disponibilidad que encuentre. Su acción es distinta en el hombre y en la piedra. En la naturaleza encontramos una comparación: si se calienta un horno y el él se ponen distintos bollos, de avena, cebada, centeno y trigo, en el horno el calor es el mismo pero no actúa de igual forma en las diferentes masas, ya que una se transforma en buen pan, la segunda en algo más grosero, y las restantes en algo más grosero todavía. No se debe a una falla del calor, la falta está en las materias, que son diferentes.

     Dios no actúa de manera semejante en todos los corazones: procede de acuerdo con la disponibilidad y la receptividad que encuentra. Si determinado corazón contiene esto o aquello, en "esto" o "aquello" puede haber algo que haga que Dios no pueda obrar de manera más elevada. Por lo tanto, para que el corazón esté disponible a lo más elevado, se requiere que descanse sobre la pura nada, ya que ahí se encuentra también la mayor de las posibilidades. Como el corazón despojado se encuentra en la cúspide, es fundamental que repose sobre la nada, pues es ahí donde se encuentra la mayor receptividad.

     Veamos otra comparación en la naturaleza. Si quiero escribir sobre una tablilla de cera, por más noble que sea lo que ya fue inscripto en ella, no puede impedir que yo me sienta molesto por no poder efectuar mi escritura. Si pese a todo quiero hacerlo, es necesario que borre y suprima lo que ya estaba escrito en ella. Y la tablilla nunca está más apta para la escritura que cuando no hay nada en ella. De la misma forma, si Dios debe escribir en mi corazón del modo más elevado, es menester que salga del corazón todo lo que podría llamarse "esto" o "aquello", y en eso consiste específicamente un corazón desvinculado, Entonces, Dios puede obrar de la manera más elevada y según su suprema voluntad. He aquí la razón por la cual el objeto del corazón desprendido no es "esto" ni "aquello".

     Pondero el desvincularse más que toda misericordia, porque la misericordia hace que el hombre salga de sí  para dirigirse hacia las miserias de su prójimo y que su corazón se perturbe. En el desprendimiento no hay nada de eso, el hombre permanece en sí mismo y no se deja perturbar por nada. Porque siempre que algo logre perturbar al hombre, él deja de ser tal como debe ser. Por lo tanto, cuando considero todas las virtudes, no encuentro ninguna que esté tan completamente libre de defectos y que unifique tanto con Dios, como el desvincularse.

     Puedes preguntarme, ¿qué es entonces el desvincularse y qué lo convierte en algo tan digno? Aquí te diré que el desprendimiento verdadero consiste apenas en que tu espíritu permanezca tan apartado de todas las vicisitudes de la dicha y del sufrimiento, del honor, del daño y del desdén, así como es inconmovible una montaña de plomo frente a una brisa. Este desprendimiento inmutable lleva al hombre a la máxima semejanza con Dios, en la medida en que una criatura  pueda tener semejanza con Dios, ello se deberá al desprendimiento. Este lleva al hombre hacia la pureza, desde la pureza a la simplicidad, y de la simplicidad a la inmutabilidad: de ahí surge una semejanza entre Dios y el hombre, pero es necesario que tal semejanza sea el efecto de la gracia, ya que la gracia aparta al hombre de las cosas temporales y lo purifica de todo lo pasajero. Sería bueno que lo aprendas: estar vacío de todas las criaturas es estar colmado de Dios, y estar lleno de todas las criaturas es estar vacío de Dios.

 . . .    


Estos doce sermones fueron seleccionados, traducidos e introducidos por Miguel Grimberg.
Pertenece a una serie dirigida por Juan Carlos Kreimer: Inspiración.
Fue editada por Deva's de Longseller en 2002, Buenos Aires, Argentina

1 comentario:

  1. Gracias por poner a nuestro alcance conocimiento y actitud vital de los místicos.

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